martes, 27 de agosto de 2013

LA CULTURA DURANTE EL BLOQUEO FRANCES

Por: Manuel Galvez

La Argentina de 1838 no puede soportar un largo bloqueo. El país sólo produce lo suficiente para comer. De Europa viene lo que necesitamos para vestirnos, salvo los ponchos y otros tejidos; para construir las casas y amueblarlas; para cultivar el espíritu; para curar los males del cuerpo. El gaucho puede vivir en un ranchito y alimentarse con un zoquete de carne. Pero no el hombre de las ciudades. El bloqueo puede traer la miseria, la desesperación y la muerte. Lo saben nuestros enemigos. En 1840, el ministro Thiers dirá en la Cámara de Diputados de Francia que el bloqueo “reducirá a una enojosa situación, a una situación casi desesperada, a los habitantes de Buenos Aires”.
Ha comenzado el martirio de los argentinos. Ni vendrá de Europa lo necesario para vivir, ni el Gobierno, suprimidas las entradas de aduana, podrá pagar a los empleados, ni comprar armas, municiones y caballos para el ejército que combate contra Bolivia. Habrá que alcanzar la sobriedad del gaucho. Pero la patria se mantendrá libre.  Juan Manuel de Rosas va a defenderla con uñas y dientes. Preparémonos para asistir a su obra maestra, a la mayor de sus grandezas. Sólo su poderosa energía, su patriotismo, la dureza de su mano, su genio organizador y su finísimo talento diplomático pueden realizar estos milagros: vivir sin recursos, aplastar a los traidores y a los débiles que no soportan las privaciones, y vencer a la primera nación del mundo.
¿Cómo recibe el ánimo de Rosas la noticia del bloqueo? Con indignación y con resolución de resistirlo. Se sobrepone serenamente a todos los peligros y acepta el duelo. Y como conoce, desde 1829, las maquinaciones de algunas cortes europeas contra las naciones americanas, sabe que este atropello de Francia es una agresión contra la independencia de América. La causa argentina es una causa americana.
Los unitarios –incomprensivos, como todos los fanáticos de una doctrina- imaginan que a Rosas le place el conflicto, y aun que él mismo lo ha provocado, para aumentar su poder, vengarse a gusto y ejercer a mansalva su barbarie ingénita. No piensan que para él esta lucha puede resultar una catástrofe. Su patria corre el riesgo de ser arruinada y perder su independencia; y si alguien la ama es él. Y él mismo puede perder su prestigio, el gobierno, sus bienes y su propia vida. Un cobarde o acomodaticio, sin fe en sí mismo ni en su pueblo, sin confianza en la justicia, cedería. Pero Rosas no cederá. El cree en la justicia humana y en la justicia de Dios.
Medidas drásticas
Apenas comenzado el bloqueo francés de 1838, Rosas encara, enérgica y rápidamente, el problema de la falta casi absoluta de recursos. Reduce el número de los empleados y disminuye los sueldos. El presupuesto de la Universidad, fijado en más de treinta y cinco mil pesos anuales, para 1838, baja a dos mil novecientos; el de la Inspección de Escuelas, de cuarenta mil cuatrocientos sesenta a dos mil trescientos. Economiza cuatrocientos mil en el de Gobierno. Suprime del presupuesto a la Casa de Expósitos y a los hospitales.
No las escuelas ni la Universidad, como mienten sus adversarios. Lo que desaparece es la gratuidad de la enseñanza. Cada alumno pagará una cuota proporcionada, hasta cubrir el presupuesto del establecimiento. El que no pague será despedido; y solo en caso de no reunirse la cantidad necesaria se cerrará la escuela. “¡Odio a la cultura!”, declamarán sus enemigos. No, sino necesidad de existir y de ser libres. Más importa la independencia que el saber. Más de un siglo y medio después, todos opinamos como Rosas. Pero los unitarios de su tiempo creen que la cultura es más necesaria que la independencia.
Empréstito Voluntario
Para la enseñanza como para otros renglones de la administración, Rosas cuenta con el dinero de los pudientes. Este procedimiento democrático de imponer a los ricos las grandes cargas, ya lo ha hecho otras veces, como al empezar la guerra con Bolivia. En los días anteriores a la declaración del bloqueo, ha logrado el mayor éxito: un nuevo empréstito voluntario. ¿Ha ordenado Rosas secretamente, por medio de sus adictos, que todos contribuyan a costear las escuelas y los hospitales? Sólo sabemos que se reúnen sumas considerables. Algunos entregan una cantidad por una vez. La mayoría se suscribe con cantidades mensuales, semestrales o anuales. En La Gaceta publícanse nombres y cifras. Y ningún hospital ni ninguna escuela deja de funcionar un solo día.
No se cierra sino el Colegio de Huérfanos. Los niños no son abandonados en la calle sino distribuidos entre familias de buena situación. El de Huérfanas se sostiene, desde el primer día, con el producto del trabajo de las alumnas y llegará a obtener saldos favorables. Años después, en mejores tiempos, Rosas le acordará una subvención mensual.
La Universidad sigue funcionando normalmente. Los profesores no cobran sueldo. Si se suprimen cátedras es por no haber quien las dicte. Cuando la situación mejora, la Universidad recibe cortas partidas. El número de los graduados en Medicina, que fue de treinta y dos el último año del primer gobierno de Rosas, se reduce a una cifra que varía entre seis y uno por año. En Jurisprudencia, en uno de los últimos años del gobierno de Rosas, se reciben doce. La disminución de los estudiantes se explica. En su mayoría, las familias distinguidas son unitarias o federales enemigas de Rosas, y sus hijos emigran jovencitos al Uruguay o al Brasil.
Loa unitarios y sus diversos aliados, culpables directos de que al Gobierno le falten recursos para las más exigentes necesidades, y los falsificadores de nuestra historia, pintan a Rosas como a un enemigo de la cultura, que se aprovecha del bloqueo y de las guerras para suprimir las escuelas y la Universidad y así dominar mejor al pueblo barbarizado.

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